9 de diciembre del 2.024

¿Sabías que existen algunos REFLEJOS PRIMITIVOS que, debido a determinado estrés implícito en las sociedades modernos, los niños y las niñas, no terminan de integrar?

Son niños que presentan una alta hipersensibilidad ante la mayoría de estímulos sensoriales y que suelen distraerse con facilidad. Esta hipersensibilidad, y por lo tanto la no integración de estos reflejos puede derivar en dificultades para mantener la concentración, problemas de tipo emocional o dificultad en lecto-escritura.

Estos reflejos son los siguientes:

REFLEJO DEL MIEDO PARALIZADOR

Aparece en el segundo mes después de la concepción y debería integrarse antes de la semana 12 de gestación, evolucionando al Reflejo de Moro.

Este reflejo no es considerado como primitivo, ya que no debería aparecer más allá del nacimiento. No se activa por los sentidos, porque éstos no se han desarrollado todavía, sino que se produce por una reacción de células ante el estrés. La causa de estrés en el feto puede ser múltiple; sustancias tóxicas, radiación electromagnética o el propio estrés de la madre. La respuesta es la liberación de las hormonas del estrés (cortisol y adrenalina), provocando que las membranas celulares no realicen el transporte de moléculas y el feto se paraliza.

Es muy importante que este reflejo se active lo menos posible durante el embarazo, porque si no, no se integrará.

Consecuencias de la no integración

Si el reflejo de miedo paralizados no se integra, el Reflejo de Moro tampoco lo hará y posiblemente el Reflejo Tónico Laberíntico tampoco.

Signos de alerta observables

Problemas de equilibrio

Baja tolerancia al estrés

Hipersensibilidad sensitiva

Musculatura tensa (sobre todo hombros y cuello)

Reticencia a mirar a los ojos a una persona (inconscientemente las identifica como amenaza)

REFLEJO DEL MORO

Comienza en el útero materno y debería integrarse hacia el 4º mes desde el nacimiento. Consiste en la reacción corporal del bebé ante estímulos fuertes como, sonidos muy altos o estridentes, cambios bruscos de la posición de la cabeza, fogonazos de luz… El niño realiza una respiración profunda y estira simultáneamente brazos y piernas.

Este reflejo hace que los músculos implicados en la respiración se activen, por eso, tras el parto, la matrona provoca la respiración recurriendo a la activación de este reflejo.

Cuando este reflejo se activa, los mecanismos de defensa del cuerpo están alerta. El sistema nervios simpático y las glándulas suprarrenales se estimulan y las hormonas del estrés como la epinefrina y el cortisol, se liberan.

Este es uno de los reflejos que pueden volver a activarse en edades más avanzadas, debido a accidentes o shocks emocionales.

Consecuencias de la no integración

La no integración de este reflejo puede afectar a diferentes partes de nuestros sentidos:

A nivel visual: las pupilas reaccionan a la luz de forma lenta, provocando que en la penumbra el niño no vea bien y presente una alta hipersensibilidad lumínica.

A nivel auditivo: presentará hipersensibilidad a los sonidos fuertes o agudos, además de mezclar sonidos diferentes, lo que le impedirá oír con claridad.

A nivel vestibular: puede padecer mareos y problemas de equilibrio.

A nivel táctil: presentará hipersensibilidad y rechazo ante determinadas texturas y a los cambios de posición, ya que también influye en el sentido propioceptivo.

Otra consecuencia significativa de la no integración de este reflejo es, un funcionamiento lento o inadecuado del sistema inmunológico, ya que con el reflejo activo se liberan constantemente las hormonas que se ocupan de luchar contra alergias e infecciones (cortisol y adrenalina), por lo que dejan de cumplir esta función dejando al sistema inmune indefenso. Esto dará como resultado, la vulnerabilidad ante resfriados e intolerancias alimenticias, generando problemas de tipo atencional, anímico y del comportamiento.

Signos de alerta observables

Mareos frecuentes

Problemas de coordinación ojo-mano

Dificultad para leer letras negras sobre fondo blanco

Inmunidad deficiente (asma, alergias, intolerancias…)

Mala adaptación a los cambios

Cambios de humor sin motivo. Ansiedad y angustia

Musculatura tensa

Baja autoestima e inseguridad

Problemas de lecto-escritura

Nerviosismo constante y miedos